Parece mentira que nuestro viaje haya llegado a su fin, hoy es el día de la despedida de los Campamentos Saharauis. Parece ayer cuando estábamos preparándolo todo llenos de nervios y expectativas. Y pensando que llevar e intentando imaginar que nos deparará este viaje. Y ahora nos encontramos haciendo las maletas para irnos, para dejar el Desierto del Sahara. Despedirnos de esta maravillosa gente, de esta increíble experiencia y volver a “nuestro mundo”.

Se hace tan extraño decir adiós a nuestra familia saharaui y a nuestro querido guía, que más que un guía es un amigo, un hermano. Sólo hemos estado juntos una semana pero los lazos que hemos creado estos días nos unirán para siempre. Finalmente llega el momento de marchar, últimas palabras. Las maletas están mucho más vacías que cuando vinimos, hemos dado todos los suministros que trajimos, pero nuestros corazones están llenos de una sensación que se extiende a todo el cuerpo, amor. Último vistazo atrás, hasta siempre y gracias por todo. Los pies marchan hacia delante mientras la mente se queda atrás. Unas lágrimas cargadas de sentimiento caen por mis mejillas. Me resulta súper curioso que me sienta tan triste de abandonar este lugar y volver a casa. Es como si estuviese dejando atrás una parte de mí.

Atravesamos el Desierto del Sahara por última vez, hoy sus mares de arena se tiñen de un color melancólico. Hoy, como siempre, nos observa enmudecido. Pasamos por los trámites propios del aeropuerto y nos aconsejan no sellar el pasaporte ya que es posible que tengamos problemas en el futuro para entrar en Marruecos. Mi querido amigo, séllalo dos veces por favor, estaré orgulloso de no ser aceptado en dicho país. Nos montamos en el avión, apenas nadie habla. Quizás solo sea el cansancio, o quizá los demás también estén atrapados en este torrente de sensaciones y pensamientos.

Con la mirada perdida en el vacío una reflexión retumba en mi mente. Yo vengo de un mundo donde lo tengo todo, no sólo en ámbito material, sino también con respecto a la libertad de poder hacer lo que quiera con mi vida. En cambio, esta gente apenas tiene nada, lo justo para sobrevivir y sus libertades encarceladas en el desierto. ¿Cómo es posible que sean más felices que yo? ¿Cómo, aun estando en esta situación, son capaces de dar tanto amor?

Entonces no era consciente de lo que me estaba pasando, pero ese momento, esa reflexión, ese viaje, cambió el rumbo mi vida drásticamente tanto física como metafóricamente. Una pequeña semilla fue plantada en mí y desde entonces no ha parado de crecer. Nuestra tarea era conocer la realidad saharaui, darla a conocer por el mundo y luchar por sus derechos. Siento que mi misión después de esta experiencia va mucho más allá. Tengo que aprovechar las oportunidades que me ha brindado la vida, mi deber es intentar ser tan feliz y de dar tanto amor, al menos, como esta gente. Tengo que VIVIR la vida.

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