Etapa 7 Camino de Santiago
Etapa 7 Camino de Santiago:
Ponferrada – Ferreiros

Distancia: 117,08 km
Salida:
 8:30
Llegada: 20:00
Presupuesto: 26,5€
– 13,5€ Desayuno + Redesayuno + Alimentos
– 13€ Albergue + Cena

Nos despertamos con el amanecer. Me encanta vivir al ritmo que marca el Sol, me hace sentir bien. Además, como cada día, seguimos la rutina del peregrino. Por la mañana ésta incluye: primero levantarse (ardua tarea), después asearse junto con peregrinos de todo el mundo, vestirse, preparar las alforjas/mochila, desayunar y por último marchar. Bella rutina.

Me separo de mi compañero Jairo, que quiere visitar un pueblo en el que vivió de pequeño. Quedamos en juntarnos luego. En seguida después de su partida me llama, se ha dejado la carpeta con la credencial, documentación y así. Más tarde sabremos que también se ha dejado la toalla y el jabón, pero para esto último ya será demasiado tarde, ¡que cabeza!

Emprendo la marcha solo, bueno solo, el Camino está repleto de peregrinos así que nunca estás solo y, desde León, la afluencia de peregrinos ha aumentado. El paisaje también ha cambiado, es más bonito. Numerosos montes me rodean mientras atravieso viñedos y huertos, el verde predomina por todos lados.

Un poco más adelante, me junto con mi compañero Jairo y con varios ciclistas ya conocidos. Juntos atravesamos veloces los kilómetros que nos separan del Cebreiro, éstos no son más que un mero trámite para lo que nos espera. Antes de llegar nos paramos un par de veces para comer y coger fuerzas, el perfil de la subida nos asusta. Rodamos y rodamos preguntándonos cuándo empezaremos a subir el Cebreiro, sin darnos cuenta de que ya hemos empezado.

La primera parte es dura, sobre brea y entre árboles. La segunda es más dura aún. Ya no hay vegetación que nos proteja del Sol, ¡y caen chuzos de punta! El camino ha pasado a ser de tierra y piedra, es difícil rodar aquí. En algunos tramos tengo que bajarme de la bici y empujarla, duele. Y por mucho que beba, no soy capaz de reponer todo el líquido que estoy sudando. ¡Estoy sufriendo de lo lindo!

Los peregrinos a pie, que también sufren, se apartan y nos animan al escuchar cuando nos acercamos. E incluso algún alma caritativa nos presta un poco de fuerza empujándonos. Son pequeños empujones pero otorgan una gran cantidad de energía, no tanto por el impulso en sí, sino por el gesto. Se agradece mucho.

Poco a poco nos vamos acercando a la cumbre. El sufrimiento no nos impide disfrutar de las lujosas vistas que desde allí arriba se contemplan. Una sonrisa se va forjando en mi rostro mientras siento que la subida va llegando a su fin. Y allí en la cima y llenos de júbilo, un grupo de peregrinos holandeses forman un arco con sus bastones y vitorean a toda la gente que hace cumbre.

Me siento un poco estúpido con semejante sonrisa en la cara, este es sin duda el momento más feliz del Camino. Me siento como un ciclista ganando la etapa reina del Tour de Francia. Recibo una golosina de una de las mujeres que nos hacen el arco, pero ningún caramelo puede superar este momento tan dulce, ¡maravilloso, maravilloso este momento, maravilloso como me siento, maravilloso todo!

Antes de bajar definitivamente, subimos y descendemos varios picos. La rodilla no me permite pedalear más así que la última subida será a pie. En lo alto paramos un rato, no puedo más. Y ahora, lo de siempre: un poco de pan, fruta, algo de chocolate, algún refresco, ibuprofeno, pomada y masaje. Y sí, ahora sí, toca bajar.

La bajada es grandiosa, magnífica e impresionante. Kilómetros y kilómetros de bajada, 33 kilómetros para ser más exacto. Además ésta es por senda forestal entre frondosa vegetación, perfecta para correr. Atravieso bosques y riachuelos, fuentes y pueblos y parajes místicos con druidas ermitaños, y los atravieso a tanta velocidad como me atrevo. ¡Volando voy…!

Llego a Sarría y aminoro la velocidad, están en fiestas (como media España por lo visto) y un mercadillo medieval me distrae. Artesanía, productos caseros, infusiones, jabones, etc. Fragancias, degustaciones, colores y música se palpan en el ambiente. Cuando de repente… ¡¿Iñigo?! ¡Hombre Arturo! El hermano de mi tía, que también está haciendo el Camino. Caras conocidas y caras por conocer, todas son amigas en el Camino de Santiago. Tengo que llegar mañana a Santiago pero Jairo no tiene tanta prisa, así que continúo solo. ¡Hasta la próxima vez amigo!

Continúo solo un poco más, o eso espero. Estoy cansado y mi rodilla y mis manos están para poco. Se va haciendo tarde y no encuentro un lugar donde poder quedarme. Llego a otro pueblo y, como en el anterior, primer albergue lleno y el segundo también… Además con la excitación del día se me ha olvidado sacar dinero, no hay cajeros por ningún lado y apenas tengo 12€. No sé si me va a llegar para cenar. ¡Ayuda por favor!

Y la ayuda llega en forma de pequeño caserío. Encuentro un pequeño albergue en el que me dan alojamiento a cambio de la voluntad. Y para cenar me preparan un bocadillo tan grande que es imposible abarcarlo con las dos manos. Aunque ahora mismo soy incapaz de abarcar nada con estas manos tan adormecidas que tengo. Y además, me ofrecen una tostada con queso casero. ¡Está todo delicioso! Les doy todo el dinero que tengo.

Mañana es la última etapa… me entra morriña. Cierro el día intentando recordar todo lo que he vivido hoy mientras se oye una música de fondo. La melodía hace que las palabras que escribo cobren vida en emociones que recorren todo mi cuerpo. El día de hoy… ¡Qué día el de hoy! El Sol ya se ha acostado y yo también, pero con tantas sensaciones me costará un poquito dormir.

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