Etapa 8 Camino de Santiago
Etapa 8 Camino de Santiago:
Ferreiros – Santiago de Compostela

Distancia: 110,88 km
Salida:
 7:30
Llegada: 17:30
Presupuesto: 32€
– 14€ Desayuno + Alimentos + Refrescos
– 2€ Ayudita
– 16€ Albergue + Cena

Amanece el día de la última etapa. Me levanto pronto, aunque no tanto como quisiera, definitivamente soy un remolón. Las primeras pedaladas son entre la niebla que me abraza en el fresco matutino, el Sol está un poco perezoso hoy también y aún no se ha puesto a levantarla. Atravieso pequeños grupos de casas dispersas entre las colinas. Estoy en la Galicia profunda y aquí la gente vive de la agricultura y la ganadería, el olor es bastante fuerte.

El camino es fácil, pero la muchedumbre de peregrinos me impide ir rápido. Está claro que esto no es lo mismo que lo vivido en días anteriores. Muchos peregrinos apenas llevan peso a sus espaldas, otros en cambio visten más para lucir que para peregrinar cómodamente. Y el salir bien en la foto se vuelve más importante que desear un buen camino. Además aparecen carteles que ofertan taxi por todos lados, y en los albergues ya no se ofrece un ambiente hogareño si no “stamps”. Pues vaya, yo ya no sellaré hasta llegar a Santiago.

Veo a los únicos peregrinos a caballo e todo el camino y adelanto a un grupo de 27 personas con exactamente la misma mochilita roja. Entre todo este pseudoperegrinismo, y en contraposición, aparece un errante con toda su vida sobre una bici, yo no puedo evitar pararme. El pobre hombre me pide una pequeña ayuda y yo le ofrezco toda la comida que llevo encima y un pequeño donativo. A cambio él me engrasa la cadena mientras me comenta que no sabe que puede ofrecer a los peregrinos a cambio de una donación, pobre anciano.

El calor ya aprieta desde hace un rato, es sofocante. El agua del bidón, caliente como una meada recién echada, no satisface mis ansias de sed. Encima las fuentes escasean por lo que es imperativo parar para tomar un refresco. Mientras alivio mi garganta se me ocurre una brillante idea, aprovechar los hielos para enfriar el agua del bidón. ¡Qué gran idea! Para cuando quiera echar un trago un par de kilómetros más adelante, los hielos ya habrán pasado a mejor vida junto con mis esperanzas de un trago fresco.

Estoy sin fuerzas y encima tengo las tripas… mejor no entrar en detalles. En los pilones que marcan el camino pone los kilómetros que faltan para llegar a Santiago: cincuenta y, cuarenta y, treinta y, veinti… poco a poco me voy acercando a mi destino. Atravieso numerosas y sombrías sendas forestales que me hacen olvidar la agonía que este calor me está haciendo pasar. Al fin asciendo al monte del Gozo desde donde se ve Santiago, pero yo estoy muy agotado como para mostrar euforia.

La llegada no es como me había pensado, ya que para llegar a la Catedral hay que atravesar la ciudad. Tráfico, semáforos y mucha gente, que no peregrinos. Finalmente me adentro en el casco antiguo, la Catedral tiene que estar cerca. En una de las callejuelas un chico toca una gaita a cambio de unas monedas. Yo cierro los ojos y me imagino a un centenar de gaiteros tocando al unísono para mi llegada. Y es que un viaje tan épico se merece una llegada épica también.

Finalmente allí estoy frente a mi meta, al fin he llegado. La de peregrinos que han luchado para llegar hasta aquí. Apoyo mi bici en una columna y me siento en el suelo para contemplar la fachada de la Catedral. No es lo más ostentoso que haya visto, y la verdad es que parece un poco sucia y desarreglada. Miro mis piernas llenas de barro, mi camiseta sudada y mi bicicleta llena de polvo y me doy cuenta de que sí, que aquí es donde quería llegar.

Es curioso, 8 días pedaleando sufridamente y superando dificultades y tampoco me siento especialmente emocionado ahora que ya he alcanzado mi destino. Quizás sea el agotamiento o este asfixiante calor. Lo que si siento es una enorme satisfacción que me llena. Y es la misma satisfacción que se puede ver en los rostros de los peregrinos que, al igual que yo, descansan despreocupadamente.

Después de unos minutos de descanso y reflexión visito en interior de la Catedral. Es aquí donde los más religiosos alcanzan el clímax de su peregrinación. A mí simplemente me parece otro impresionante edificio (como todas las magníficas construcciones de esta índole), lleno de turistas. Un montón de gente se afina en una larga cola para ver la tumba del apóstol, no será mi caso.

Tras la visita me voy en búsqueda del último sello que cerrará mi credencial. Antes, en un lateral de la Iglesia y en el fondo de una fuente, deposito la piedra que llevo arrastrando todo el camino. Ya no volverá a ser una carga y allí podrá descansar. Cerca del lugar más de un centenar de adolescentes andaluces posan para una foto. Estallan de júbilo por el fervor religioso, la emoción es incontrolable. Algunas lloran desconsoladamente, otras apenas pueden andar, y todos visten con la misma camiseta y llevan el mismo bastón.

Y como me iba temiendo hay una inmensa cola para recibir el último sello. Larga y dura espera que hace que un hombre casi se desmaye al subir las escaleras, no me extraña, este calor consume hasta los más jóvenes como para no hacerlo a los más mayores. Finalmente recibo el último sello y me niego a coger la Compostela al saber lo que está escrito en ella. Además hay un donativo obligatorio de uno o dos euros. Definitivamente esto no tiene nada que ver con mi peregrinación.

Por último, el resto de la tarde será para situarme en la ciudad, encontrar la estación de autobuses y un lugar para dormir. Y poco más, tengo las tripas para poco, la rodilla dolorida y las manos medio dormidas, y además mañana a las 6 de la mañana sale el autobús que me lleva a mi otra vida.

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