“Me da igual lo que pienses (a mí mismo), pero en el próximo pueblo, sea el que sea, nos quedamos.” Y el próximo pueblo al que llego es Grañón. Nada más llegar pregunto a una señora, que por allí paseaba, si hay algún albergue de peregrinos en el pueblo. Me dice que vaya al monasterio, que allí seguro que me puedo quedar a dormir. ¡En un monasterio! Pinta bien.

Grañón

¡Vaya, esto sí que no me lo esperaba! El albergue está lleno de gente de todos los rincones del mundo. Españoles, norteamericanos, europeos, asiáticos… El lugar es entrañable, de piedra y madera. Lo más increíble de todo es que, desde el principio, me siento en familia. Y además he llegado justo a tiempo, nos sentamos todos juntos a cenar.

Antes de comenzar, un cura nos explica que nos hayamos en el Albergue Parroquial San Juan Bautista de Grañón. El lugar tiene una gran historia. Antes, era una casa para curas. Ésta fue reformada por voluntarios para poder ser un albergue de peregrinos, y hoy en día es llevada por voluntarios también. Es más, las dos mujeres que con el cura se encuentran nos han hecho la cena (¡a más de 40 personas!). Además, los alimentos que se hayan sobre la mesa han sido comprados con la voluntad que dejaron los peregrinos ayer, y con los donativos que hagamos hoy servirán a los peregrinos de mañana. Y por último, nos pide por favor que recojamos la cena entre todos (¡faltaría más!).

Comienza el festín. Para empezar tenemos una ensaladica fresca. Le sigue un buen cocido bien cocinado que está delicioso. Parece que no haya comido nada decente desde hace décadas, ¡está todo cojonudo! Y encima, todo esto acompañado con un buen vino de La Rioja. Recogemos entre todos, sobran voluntarios para fregar. El grupo de gaditanos, si ya son graciosos de por sí, con un par de tragos de vino son la fiesta. Er Juan le dice a er Manué: “Kiyo, que es que yo no sé fregá si no tengo un vaso de vino cerca.” Yo es que me meo. Friego los vasos con el japonés Inori que gracias a dios tiene un inglés tan malo como el mío, así que nos entendemos bien. Y, como no podía ser menos, él también ve Naruto.

Finalmente nos vamos todos a dormir, la noche ya se nos ha echado encima. Duermo en un cuarto con otras 20 personas en colchonetas en el suelo. No sé si es la gran cena, o el vino por mis venas o la buena compañía que tengo, pero se está gloria… Como todos los días, alguno de los peregrinos se levanta súper temprano para aprovechar las horas frescas del día. El día no ha amanecido aún y yo tampoco.

Un poco más tarde, la mañana comienza como acabo la noche de ayer: con los gaditanos y el japonés. Er Manué ha cogido por equivocación unos pantalones de Inori. Maravilloso contraste ante mis ojos, la educación de un japonés y la picaresca de un gaditano. Inori no sabe como decirle a er Manué que esos pantalones que ha cogido son suyos, mientras que er Manué le está echando la bronca por haberlos dejado en su mochila. Las risas.

Nos dan de desayunar y poco a poco la gente se va marchando. Yo me demoro en prepararme, no tengo ninguna prisa. Uno a uno voy despidiéndome de todos los amigos que hecho en este bonito lugar. Yo soy el único que va a en bici, así que quedándome el último me aseguro que un poquito más adelante, a todos, los volveré a ver.

Sin ninguna duda está noche en Grañón ha sido mágica, y un bonito recuerdo que espero nunca olvidar. La caja de donaciones era una caja abierta y en ella se leía:

“Deja lo que puedas, coge lo que necesites.”

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